El Principe

De primeras dadas, la entrada de Zambo Anguissa fue toda una declaración de intenciones. El futbolista africano, que le ganó el pulso a Maxime Lopez por un puesto en el once titular, hizo imperar su físico desde bien temprano. Y lo consiguió, hasta el punto de que, en los primeros compases, fue causa del consecuente dominio que llegó a alcanzar su equipo. El Marsella, con Anguissa y Sanson en mitad de campo, se adueñó de la posesión del esférico, controló las segundas jugadas y logró, a partir de sus costados, meter muchísimo ritmo al encuentro. En ese sentido, la aportación de Sarr y Thauvin por derecha, la de Ocampos por izquierda y con Payet aleteando por toda la zona de tres-cuartos, fue capital para llevar el partido a un terreno muy peligroso para los intereses del Atlético. Así las cosas, el OM dejó 20 minutos de fluidez posicional: en los que, he aquí la clave, consiguió trasportar el balón de forma muy sencilla –y muy rápida- hasta el último tercio del campo. Pero cuando tuvo la oportunidad de asestar el primer golpe, no lo hizo. A Germain se le hizo muy pequeña la portería ante Oblak. Y eso, en una final, en la que además juega el Atlético de Madrid de Simeone, es un doble error fatal que acabó pagando.
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El cero a uno lo cambió absolutamente todo. Para empezar, el propio Atlético reajustó su trabajo defensivo y entendió que la técnica de Thauvin y las aceleraciones de Sarr por derecha, mejor con tres hombres (3×2) que con dos (2×2); y sumó en varias ocasiones la cobertura de Godín y/o de Saúl a la pareja Lucas-Koke. Pero, aún más importante, fue la lectura que extrajo de la forma en la que logró el cero a uno: ante este OM, con Mandanda, Luiz Gustavo, Rami o Anguissa entre sus primeros pasadores, cuanto más cerca y más arriba, más oportunidades hay de provocar el fallo. Así las cosas, el Atlético de Madrid consiguió darle la vuelta al partido. Y fue, en ese tramo, en el que mayor trascendencia comenzó a adoptar Griezmann. Ahora bien, lo cierto es que el Atlético no pasó a tener más tiempo el balón –de hecho, a pesar del 0-3, lo tuvo mucho menos que su rival, tanto al descanso (61-39%) como en el global (54-46%)-, pero sí ganó una mayor presencia en medio campo y sobre la parcela de su rival. Un proceso que Antoine Griezmann, moviéndose unos metros por delante de su doble pivote, se encargó particularmente de garantizar; más si cabe cuando el OM, de golpe y porrazo, se quedó sin el jugador que mejor podría haber contrarrestado el yugo (moral) que implantó el Atlético.
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La entrada de Maxime Lopez aportó algo de frescura a su equipo; pero no la carga emocional necesaria como para arrebatarle al Atlético el mando del encuentro. Ya en la segunda mitad, el joven futbolista francés resituó su espacio, de la derecha –cuando ingresó para sustituir a Payet tiempo antes del descanso- al pivote, desde donde trató de adueñarse de la fatídica salida de su equipo.